"CORRIENDO BIEN LA CARRERA" por Ángel Bea.
“Así que, teniendo tan gran nube de testigos, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…” (Hb.12.1-3)
El texto mencionado más arriba, me trae a la memoria una experiencia que tuve al poco tiempo de comenzar a trabajar en el taller de joyería, cuando tenía 14 años.
Mi jefe, como era muy aficionado al futbol (como todos los que trabajaban allí) me mandó a llevar sus botas de jugar a un zapatero famoso, que era un experto en hacer balones y arreglar todo lo que tenía relación con el futbol de los dos equipos cordobeses: Córdoba Club de Futbol y el Atlético Cordobés. Como el zapatero estaba a unos dos kilómetros, mi jefe me dijo que podía usar su bicicleta. La misma que aparece en la foto adjunta. Eso me encantaba. Así que cogí las botas y las até al manillar de la bici, con los cordones y me puse en marcha.
Para ir a lo del zapatero tenía que pasar por una recta de unos 300 metros. Era la antigua carretera de Madrid que pasaba por la ciudad, en la parte que cruza, dejando a la derecha el cementerio de S. Rafael. Pero en aquel tiempo de 1960 y a primera hora de la tarde de un caluroso verano -¡cómo no, en Córdoba!- no había apenas circulación. Así que cuando vi la recta, me dije: “esta es la mía”; y comencé a pedalear, haciendo una especie de sprint, como si de ganar una medalla de oro olímpica se tratara.
Lástima que entonces no existían los videos para registrarlo. Hubiera sido otro “Video de primera” para la serie. -¡Pero de primera!- Ocurrió que cuando más fuerte estaba pedaleando, la bicicleta paró de forma repentina, mientras que yo volé, literalmente, por encima del manillar y fui aterrizando y arrastrando mi anatomía adolescente por todo el asfalto, hasta unos tres metros más allá…
Me levanté con algunos desollones en las rodillas, tan dolorido como confuso por aquella tan inesperada parada como aparatosa caída. Me volví para tratar de entender el porqué de aquel brusquísimo frenazo.
¿¡Pero, qué había ocurrido!?¡Sencillo, Angelito!. No debí atar las botas al manillar. El nudo se deshizo con el traqueteo de las ruedas sobre la carretera que, por ese tramo era de adoquines. Así que el nudo se deshizo y las botas se descolgaron, dando lugar a que los larguísimos cordones se enredaran en lo radios de la rueda, lo que hizo que esta se quedara bloqueada. Lo demás es historia. Historia para no olvidar, claro.
Las cosas tienen sus procesos y nosotros, a veces, los obviamos o descuidamos. Comencé corriendo bien, pero por un par de cordones, acabé muy mal, por los suelos y muy dañado.
Pero de todo se aprende. Y de las cosas naturales aprendemos las espirituales. Eso nos lo enseñó el Señor Jesucristo de manera muy elocuente a través de las parábolas. Él decía: “El reino de los cielos es semejante a un hombre… una mujer…. Una semilla…etc.”.
Luego, la vida cristiana se nos presenta en el N. Testamento como una carrera. Pero esa carrera no se puede correr de cualquier manera. En el decir del apóstol Pablo, la carrera cristiana hay que correrla bien y ganarla lícitamente (1ªCo.9.24-25) “despojándonos” de todo aquello que estorba y que impedirá que acabemos bien la carrera (He.12.1).
Entonces, es necesario tener claras las instrucciones divinas y las motivaciones correctas. No corremos por competencia, ni tampoco para que nos vean, ni para ganar méritos; ni ante Dios (ya que todo es por gracia) ni ante nadie. Ni siquiera para satisfacción personal, porque ciertas actividades nos resulten “muy gratificantes” y satisfactorias.
Tampoco hemos de correr la carrera cristiana haciendo las cosas ligeramente, sin poner la debida atención a nuestras acciones. De otra forma es posible que antes de que nos demos cuenta, algo se “enrede” en nuestro andar, de tal manera que suframos una estrepitosa caída. De ese tipo de caídas, generalmente nos levantamos tan confusos como magullados y doloridos desde el punto de vista espiritual y emocionalmente hablando.
Si comenzamos bien, no tenemos porqué terminal mal. Pero cuando esto sucede ¡no todo está perdido! Es mejor estar preparados para aprender de forma humilde la lección consecuente, levantarnos y con Su poder seguir adelante, hacia la meta que él mismo nos ha propuesto. (Flp.3.13-14).
No olvidemos que Él siempre levanta al caído. Aunque también es verdad que algunas caídas llevan aparejadas algunas pérdidas que son irrecuperables, y daños colaterales que siempre nos recordarán nuestra debilidad y necesidad de dependencia de la gracia de Dios. Eso también hay que tenerlo en cuenta.
Por eso, hay lecciones en la vida que nunca se olvidan y, de alguna manera nos enseñan para que re-orientemos nuestra vida espiritual hacia lo mejor. Es por eso, que la pregunta que el apóstol Pablo hizo a los creyentes de Galacia, también es pertinente para los que comenzamos “corriendo bien”, pero que si nos descuidamos podríamos terminar mal:
“Vosotros corríais bien, ¿Quién –o qué- os estorbó para no obedecer a la verdad?” (Gál.5.4)
Así que una vez que podemos determinar aquello que nos hizo tropezar y caer, lo apartamos de nosotros y continuamos nuestra carrera. Dice el salmista:
“Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo” (Sal.55.22)
Al Señor sea toda la gloria.
(Ángel Bea)

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