¿Qué está pasando en Latacunga?

Al igual que en cualquier parte del mundo. Latacunga experimenta cambios constantes que nos exigen atenderla.

No es una ciudad como las demás, es cautivadora y apasionada. Exquisita como ella misma. Pero necesita ser amada por sus ciudadanos. Cada día es violentada por la falta de amor y aceptación.

Cada rincón de Latacunga es único y forma parte de nuestro imaginario colectivo, sin embargo, esos rincones propios de los que crecemos en ella se ven abusados por personas destructivas con hábitos malsanos.

No podemos ni siquiera intentar tapar el sol con un dedo sin que sea evidente el desamor hacia la tierra que nos cobija y provee lo que necesitamos.

En un insulto al sentido común vulnerarla, pisotearla y discriminarla. Una visión utilitarista de la vida no solo es dañina, sino que se evidencia aun en nuestro trato con el lugar donde vivimos. No podemos aprovecharnos de la ciudad para luego desecharla.

No podemos estar felices con nosotros mismos si la ensuciamos y manchamos con nuestra ignorancia sobre como tratar una ciudad. No solo es cuestión de voluntad política inspirada en Dios para servir al prójimo dignamente.  Sino cambiar nuestra forma de pensar para que la ciudad no siga siendo víctima de sesgos ideológicos temporales, que pasaran de moda, pero la ciudad seguirá en el tiempo y espacio. No solo basta con convicciones religiosas firmes y buenos discursos éticos sobre cómo vivir.

Ser cristianos debe mostrarse en nuestro trato a la ciudad, el cariño divino debe influirnos tanto que debería dolernos hasta el alma tirar basura a la calle, orinarse donde apunte o defecar en la vía publica sin un gramo de vergüenza. Embriagarse hasta la inconciencia, sea cual sea la excusa, no debería ser un espectáculo tolerado por la familia ni las autoridades.

Latacunga es tratada como un basurero, como un urinario público y hasta peor que un inodoro. Hacer caso omiso de esta deplorable realidad no va a solucionar el grave problema ambiental. Mirar para otro lado nunca ha solucionado nada.

Una espiritualidad autentica también se ve reflejada en nuestro trato a la ciudad. No podemos ni debemos esperar que las autoridades vía ley impongan sanciones extremas como paliativo a la urgencia social que vive Latacunga. Depende de los de abajo, de nosotros, de los de a pie. Incomodar a los ciudadanos a abandonar el maltrato a la ciudad.

Oramos por grandes cambios para nuestra ciudad, sin embargo, todas las plegarias no parecen pasar del techo de nuestras aspiraciones pigmeas, pues se nos olvida el compromiso cívico, humano y demócrata que hace un pacto con la integralidad para el desarrollo de la ciudad.

Insistimos en una devoción que se note en el asfalto, en las paredes y concreto.

By Koheleth P.




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